Manual rápido para reducir un alma a una etiqueta (edición pseudo-mística).
Me dijeron que debía elegir un síndrome.
Como quien elige vino en una cena incómoda.
—¿Este te define mejor o prefieres aquel?.
—¿Lo quieres clínico, elegante o con aval académico?.
Porque al parecer, en ciertos círculos, el alma ya no se revela: se diagnostica.
Yo, ingenua, pensé que el judaísmo todavía creía en el Tzelem Elohim.
Pero no. Ahora creemos en el DSM con notas al pie en hebreo.
La Neshamá incomoda.
No cabe en categorías.
No se deja corregir sin permiso.
Así que mejor llamarla “víctima”,
“ignorante”,
o “arrogante”.
Eso tranquiliza. Ordena el mundo. Evita el trabajo interior.
Porque escuchar de verdad requiere algo peligroso:
Humildad.
Y hay luces que prefieren clasificar antes que contener, corregir antes que comprender, enseñar antes que mirar.
Yo no elegí un síndrome. Elegí salir del laboratorio.
Que otros se queden midiendo almas con reglas de plástico.
Yo sigo creyendo que la Shejiná no cabe en formularios.