Ante el Umbral del Alma.
Cuando me acerqué a tu lecho, Ima,
sentí que el mundo conocido se retiraba.
El aire se volvió espeso, encendido,
como si una llama invisible descendiera
desde los mundos superiores.
No era el silencio de una habitación.
Era el silencio de Atzilut,
cuando la creación entera contiene el aliento
ante el paso de un alma.
Tu cuerpo reposaba ante mí,
pero alrededor de ti se abrían velos que mis ojos no sabían nombrar.
Mis manos quisieron tocarte,
pero se detuvieron a medio camino.
No fue duda.
Fue yirá, el temblor profundo del alma
cuando reconoce la cercanía de lo sagrado.
Comprendí entonces que tu piel
ya no era sólo carne.
Era un levush de luz,
un ropaje tejido en los mundos ocultos
para vestir un alma que comenzaba su ascenso.
Tu silencio no era ausencia.
Era conversación secreta
entre tu neshamá y las alturas.
Tal vez los malajim ya estaban allí,
abriendo senderos en Beriá y Yetzirá,
preparando el camino hacia el Jardín oculto.
Y en medio de ese misterio
una nostalgia inmensa atravesó mi pecho.
No nostalgia de pérdida,
sino de eternidad.
Porque en ese instante comprendí algo
que el corazón sabe antes que la mente:
El amor verdadero no pertenece al cuerpo.
Pertenece a la raíz de las almas.
Ima, tú eras en ese momento
como un trono viviente,
y tu aura parecía el velo suave de la Shejiná
posándose sobre tu descanso.
No me fue permitido tocarte.
No porque estuvieras lejos,
sino porque tu alma ya estaba entre dos mundos.
Yo sólo podía permanecer allí,
de pie en el umbral invisible entre la tierra y el cielo.
Mirar.
Llorar en silencio.
Y grabar ese instante dentro de mi memoria
como una revelación.
Porque ese día comprendí un secreto
que el Zóhar susurra entre sus páginas:
Hay amores que no se sostienen con las manos.
Se sostienen
con el alma que tiembla
cuando reconoce la eternidad.
Z"L.
Que su recuerdo sea bendito

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