lunes, 9 de marzo de 2026

Ima. Que su recuerdo sea bendito


 Ante el Umbral del Alma.


Cuando me acerqué a tu lecho, Ima,

sentí que el mundo conocido se retiraba.


El aire se volvió espeso, encendido,

como si una llama invisible descendiera

desde los mundos superiores.


No era el silencio de una habitación.


Era el silencio de Atzilut,

cuando la creación entera contiene el aliento

ante el paso de un alma.


Tu cuerpo reposaba ante mí,

pero alrededor de ti se abrían velos que mis ojos no sabían nombrar.


Mis manos quisieron tocarte,

pero se detuvieron a medio camino.

No fue duda.


Fue yirá, el temblor profundo del alma

cuando reconoce la cercanía de lo sagrado.


Comprendí entonces que tu piel

ya no era sólo carne.


Era un levush de luz,

un ropaje tejido en los mundos ocultos

para vestir un alma que comenzaba su ascenso.


Tu silencio no era ausencia.


Era conversación secreta

entre tu neshamá y las alturas.


Tal vez los malajim ya estaban allí,

abriendo senderos en Beriá y Yetzirá,

preparando el camino hacia el Jardín oculto.


Y en medio de ese misterio

una nostalgia inmensa atravesó mi pecho.


No nostalgia de pérdida,

sino de eternidad.


Porque en ese instante comprendí algo

que el corazón sabe antes que la mente:


El amor verdadero no pertenece al cuerpo.


Pertenece a la raíz de las almas.


Ima, tú eras en ese momento

como un trono viviente,

y tu aura parecía el velo suave de la Shejiná

posándose sobre tu descanso.

No me fue permitido tocarte.


No porque estuvieras lejos,

sino porque tu alma ya estaba entre dos mundos.


Yo sólo podía permanecer allí,

de pie en el umbral invisible entre la tierra y el cielo.

Mirar.


Llorar en silencio.


Y grabar ese instante dentro de mi memoria

como una revelación.


Porque ese día comprendí un secreto

que el Zóhar susurra entre sus páginas:


Hay amores que no se sostienen con las manos.


Se sostienen

con el alma que tiembla

cuando reconoce la eternidad.



Z"L.

Que su recuerdo sea bendito

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