jueves, 5 de febrero de 2026

Como soy


 Yo no nací fuera del Árbol.

Nací en una de sus grietas.

Mi alma conoce la Torá

no como norma que aplasta,

sino como fuego que pregunta.

Soy mujer.

Y mi deseo no camina por el sendero recto,

sino por los pliegues donde la Shejiná se esconde

cuando el mundo no sabe nombrarla.

El Zóhar dice:

no hay luz sin ocultamiento,

y yo aprendí a vivir en ese ocultamiento

sin negar la luz.

No confundí mi anhelo con rebeldía,

ni mi amor con ruptura del Nombre.

Mi amor no corta el flujo:

lo contiene.

No derrama semilla:

recibe presencia.

Si la Torá habló del varón

es porque ahí el daño atraviesa los mundos.

Pero yo habito Maljut,

el lugar donde todo llega cansado

y aún así pide ser amado.

Mi alma no se exilió del pacto.

El pacto me atraviesa

aunque no siempre sepa cómo nombrarlo.

He estudiado a los mekubalim

y ninguno dijo que todas las almas

vienen con líneas limpias.

Algunas nacemos con exceso de izquierda,

otras con Biná desbordada,

otras con letras que no encajan en el cuerpo.

¿Error?

No.

Trabajo pendiente.

Yo no niego la Torá.

La sostengo desde el borde,

como se sostiene una lámpara en la noche

para que no se apague.

Si mi amor no construye hijos,

construye conciencia.

Si no abre vientres,

abre preguntas.

Y también eso es tikún.

Porque Eretz Israel no es solo tierra,

y la Torá no es solo mandato.

Son organismos vivos

que tiemblan cuando una hija se va

y respiran cuando una hija se queda

aunque no encaje.

Yo me quedé.

Judía.

Lesbiana.

Estudiosa del secreto.

No para pedir permiso,

sino para decirle a la Shejiná:

aquí estoy, incluso así.

Y ella —que también fue exiliada—

no me rechazó.

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