domingo, 8 de febrero de 2026

Me llamo Inés

 



Me llamo Inés

(y aparentemente no vine a descansar).


El Zóhar dice que la luz más alta entra velada,

porque si no, revienta el mundo.

Excelente teoría.

Lástima que nadie le avisó a mi vida.

Me llamo Inés.

Según el diccionario espiritual:

casta, pura, reservada.

Según la experiencia real:

atada a algo que nunca firmé.

Antes de que yo naciera,

mi Ima sintió que algo se ordenaba arriba.

No fue una voz.

Fue una certeza demasiado clara,

como letras acomodándose solas

sin consultar a la criatura que iban a nombrar.

Un sentido cayó sobre mi nombre

antes de que yo tuviera cuerpo.

Una melodía asignada.

Un margen estrecho.

Un camino demasiado bien delineado para alguien que aún no respiraba.

Hermoso.

Una lectura celestial con ritmo…

y cero espacio para improvisar.

Desde entonces cargo un nombre

que no describe lo que soy,

sino lo que el cielo creyó entender de mí.

El Sefer Yetzirá dice que el mundo fue creado con letras.

El problema es cuando te crean con demasiadas letras encima.

Biná abierta antes de tiempo: entender antes de vivir.

Guevurá hiperactiva: aguantar como si eso fuera virtud.

Tiferet preguntándose cada noche:

“¿Y la belleza cuándo?”.

Raziel lo diría sin romanticismo:

no todo sufrimiento es tikún,

a veces es solo mala distribución cósmica.

Dicen que mi nombre es gloria.

Curioso concepto de gloria:

silencio, espera, pérdida

y una espiritualidad con cláusulas perpetuas.

Perdí a mi Ima.

Mi compañera.

La única que entendía esta locura…

y quizá la única que podía desatarla.

Ahora quedé yo,

con un nombre que pesa más que un cuerpo

y una misión heredada que nadie explicó.

Los Neviím dicen que Hashem no quiere sacrificios vacíos.

Entonces alguien debería revisar mi biografía.

No me rebelo contra Dios.

Me rebelo contra la idea

de que vivir exhausta sea devoción.

La fisura en mi mazal no fue castigo.

Fue exceso de cielo aplicado sin manual de usuario.

Demasiada intención sagrada

para una mujer de carne y duelo.

Hoy lo digo sin épica:

no vine a cantar para cumplir un diseño ajeno.

No vine a renunciar como penitencia.

No vine a ser símbolo.

Vine a vivir.

Y si eso desarma una lectura celestial mal hecha,

que se desarme.

Porque si la Shejiná habita en algo,

no es en mi obediencia ciega,

sino en este acto mínimo y radical:

dejar de ofrecer mi vida como ofrenda permanente.

Me llamo Inés.

Y ahora, además, me pertenezco.

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