lunes, 13 de abril de 2026

Reflexión



Manual breve para no heredar el mismo infierno

Apareciste.
Como si la memoria fuera opcional
y el pasado un mal borrador que nadie se molestó en corregir.

Extendiste la mano.
Yo también.
Porque a veces la educación es más rápida que el alma.

Y ahí estábamos:
dos adultos jugando a la cordialidad
sobre una fosa que ninguno quiso nombrar.

Si  estuviera mirando, no diría nada bonito.
Diría algo seco, casi cruel:

que el juicio no grita…
se repite.

Y tú —tan tranquilo—
como si no hubiera historia.
Como si la ausencia no pesara.
Como si la muerte no tuviera eco.

Eso también es una forma de violencia:
no la que rompe…
la que borra.

Luego está el hijo.
Mirándome como si yo fuera el error en la ecuación familiar.
Como si él intuyera que algo no cuadra,
aunque nadie se atreva a explicárselo.

Y ahí entendí el verdadero peligro:
no eras tú.

Era la posibilidad de que la historia
se copiara en otro cuerpo
con mejor ortografía.

Pero no.

No voy a educar tu legado.
No voy a explicarle silencios que no son míos.
No voy a adoptar un tikún que no pedí.

El Ari tendría razón en algo incómodo:
el juicio quiere sobrevivir.

Se disfraza de dignidad,
de memoria,
de “yo tengo razón”.

Y mientras tanto, uno sigue atado
a personas que ya viven como si nada.

Así que aquí está mi acto revolucionario,
casi vulgar en su simpleza:

no te absuelvo…
pero tampoco te continúo.

Ni a ti.
Ni a tu versión editada en miniatura.

Que el juicio termine donde empezó:
en mí.

Porque si no lo cierro aquí,
mañana estará caminando
con otro nombre
y la misma historia maldita.



 

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