Crónica breve: La que no se creyó el cuento
No era un campo de batalla.
Era peor.
Era un día normal.
Piedras. Tierra. Silencio incómodo.
Y esa sensación de que algo no cuadra, pero tampoco se rompe.
Te paraste ahí —no como heroína, sino como alguien que ya está cansada de las mismas mentiras con diferente maquillaje.
Según Isaac Luria, el problema nunca fue la oscuridad.
El problema es cuando la oscuridad se disfraza de verdad profunda y uno, medio espiritual y medio ingenuo, le cree.
Y según Shalom Sharabi, peor todavía:
Cuando la luz también miente… pero con voz dulce.
Y ahí estás tú.
Sin túnicas.
Sin escena épica.
Con una camiseta, polvo en los zapatos y cero ganas de iluminarle la vida a nadie.
Dos voces, como siempre:
—“Tienes que ser fuerte. Corta todo. No confíes en nadie.”
—“Tienes que fluir. Perdona todo. Aguanta más.”
Y tú mirando el paisaje como:
“Qué combo más tóxico, de verdad.”
El Ari diría que eso es din mal canalizado.
El Rashash diría que es shefa sin גבול (límite).
Tú dirías:
“Ambos me quieren meter en un papel que no pedí.”
Y ahí —sin meditar raro, sin cerrar los ojos dramáticamente—
hiciste algo que en Kabbalah suena profundo, pero en la vida real es más simple:
No elegiste ser dura.
No elegiste ser permisiva.
Elegiste algo más incómodo:
Ser coherente.
Y eso, curiosamente, rompe sistemas.
Porque la mayoría de la gente no está luchando contra el mal.
Está luchando por justificar su versión favorita del autoengaño.
Y tú ahí, con cara de:
“Si tengo que explicarte por qué eso es absurdo… ya estamos mal.”
No hubo luces bajando del cielo.
No hubo ángeles aplaudiendo.
Solo pasó esto:
El ruido perdió fuerza.
Las voces se volvieron irrelevantes.
Y tú… seguiste de pie.
Conclusión (versión mekubal con humor negro):
No alcanzaste un nivel espiritual.
No activaste nada.
Simplemente dejaste de participar en el circo.
Y eso —aunque suene poco místico—
es lo más cercano a
אין עוד מלבדו
que la mayoría va a lograr sin complicarse la vida.

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