sábado, 23 de mayo de 2026

Reflexiones. Sidur, Zohar


 “Dejé el Sidur… pero el Zohar lo cerré con tres candados, sal, ajo y un exorcista.”


Hay gente que abre el Sidur buscando paz.

Yo lo abría como quien toca un cable de alta tensión espiritual.


Leía unos Tehilim y el universo respondía: problemas, angustia, caos, insomnio, y probablemente una cabra poseída respirando cerca de mi ventana.


Pensé: “Bueno, quizás fui imprudente. Quizás no fue el Sidur…”


Entonces, en un acto de valentía que hoy considero altamente cuestionable, abrí el Zohar.


Error.


No fue un error.

Fue un evento canónico.


Fue como abrir el backstage del universo sin credencial, sin seguro de vida y probablemente sin alma.


Leí dos páginas…

y sentí que el Sitra Ajra se levantó, se estiró, bostezó y dijo: “Ah. Alguien se cree listo hoy.”


El Zohar no es lectura.

Es cirugía sin anestesia en el alma.


Es mirar directamente a los engranajes ocultos de la realidad… y esperar que tu sistema nervioso, que apenas puede con el tráfico y los mensajes sin responder, no colapse en el intento.


Así que hice lo más lógico: guardé el Zohar como quien guarda plutonio.


Le puse funda negra, bolsa negra, caja negra, otro candado por si el primero estaba poseído, y un cartel mental que dice: “ABRIR SOLO EN CASO DE ILUMINACIÓN O LOCURA CONTROLADA.”


Porque sí… extraño esas lecturas.


Extraño abrir el Sidur a medianoche sintiéndome protagonista de un thriller místico. Extraño los Tehilim. Extraño esa sensación de estar tocando algo antiguo, peligroso y sagrado.


Pero también recuerdo que después de ciertas lecturas mi ansiedad parecía recibir actualizaciones demoníacas premium.


Entonces ahora miro el Zohar desde lejos.

Como quien extraña a un ex tóxico que sabía demasiados secretos del universo.


La espiritualidad: hermosa, profunda, transformadora.

Mi ansiedad: productora ejecutiva de catástrofes interdimensionales.

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