A veces camino entre la gente con la extraña sensación de haber llegado a un lugar que nunca fue del todo mi casa. Converso, sonrío, aparezco en fotografías, y aun así algo en mí susurra: "No pertenezco aquí".
La mística judía conoce ese susurro. Lo llama exilio del alma. Hay almas que recuerdan, aunque sea vagamente, una cercanía antigua con lo sagrado y por eso les cuesta acomodarse a la aspereza de este mundo. Pero el Zohar advierte: no confundas el exilio con un defecto.
No todo lo que duele está roto.
La tarea no es huir de la tierra ni endurecer el corazón para sobrevivir en ella. La tarea es encontrar pequeños lugares donde el alma pueda habitar sin traicionarse. Aprender a existir sin convertir la propia mirada en un tribunal implacable.
Porque incluso la Shejiná conoce el exilio y acompaña a quienes se sienten extranjeros entre los suyos, invisibles entre la multitud, distantes incluso de su propio reflejo.
Por eso, cuando el pensamiento regrese y diga: "No pertenezco a esta dimensión", quizá pueda responderse con suavidad:
"Mi alma conoce el exilio, pero el exilio no es mi nombre. Todavía estoy aprendiendo dónde encender mi luz."
Y mientras llega ese lugar, tal vez baste con esto: mirarme con un poco menos de dureza. Como el olivo que conserva su amargura y, aun así, ofrece el aceite que alimenta la menorá, recordar que también de aquello que en mí parece más extraño puede nacer una luz silenciosa y verdadera.

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