Mi familia y el Tikún que me tocó.
No todas las familias vienen a cuidar.
Algunas vienen a mostrar una ruptura antigua.
La mía no fue un hogar:
fue un sistema desordenado de fuerzas que nunca aprendieron a quedarse.
Mi padre tenía luz, inteligencia, talento.
Pero era una luz sin raíz.
Entraba y salía.
Aparecía, desaparecía.
Dejaba brillo… y luego vacío.
Mis hermanos heredaron esa chispa.
Arte, intelecto, capacidad.
Mucho fuego arriba,
poco sostén abajo.
Supieron crear,
pero no supieron cuidar.
Y mi madre quedó en el centro.
No como reina,
sino como Shejiná caída.
Presente, callada, soportando.
Maltratada no solo por palabras o actos,
sino por lo más cruel:
la indiferencia.
En Kabalá se dice que cuando la luz abandona el recipiente,
el recipiente se quiebra.
No por maldad,
sino por incapacidad de contener.
Mi familia no fue mala.
Fue espiritualmente inmadura.
Mucho vuelo,
poca raíz.
Por eso se dispersó.
No fue un accidente.
Fue la consecuencia de no saber habitar.


