jueves, 9 de julio de 2026

Donde la luz aprendió a vestirse de luto

 




No toda tristeza viste de negro. 


La mía aprendió a vestir de silencio.


Hay noches en las que siento que mi corazón no late: cruje.


Como una puerta antigua olvidada en un castillo donde nadie pronuncia ya el Nombre. 


Las piedras recuerdan mejor que los hombres, y las ruinas tienen más memoria que los vivos.


He perdido demasiado en muy poco tiempo.


Un amor que prometía ser refugio y terminó siendo exilio. 


Una madre cuya ausencia sigue respirando dentro de mí. 


Una tierra llamada Israel que sangra como si cada herida abierta en Jerusalén encontrara una grieta secreta en mi propio pecho.


A veces ya no sé dónde termina mi tristeza y dónde comienza la de mi pueblo.


Dicen que el tiempo cura. 


No conocen el barroco de ciertas almas.


Hay dolores que no envejecen; únicamente aprenden nuevos idiomas para seguir pronunciándose.


Camino entre sombras como quien recorre un viejo templo incendiado. 


Las columnas siguen en pie, pero el fuego aún vive en la piedra. 


Así se siente mi interior: no destruido, sino carbonizado.


Todavía conserva la forma de lo que fue, aunque ya nadie pueda habitarlo sin quemarse.


Quizá la Shejiná también conozca este frío. Quizá el exilio no sea un lugar, sino un corazón obligado a seguir amando cuando todo parece haber abandonado la esperanza.


Y, sin embargo, hay algo inquietante en esta oscuridad. No huele a muerte. Huele a incienso consumido, a pergaminos antiguos, a una lámpara que se niega a extinguirse aunque el viento haya jurado apagarla.


Tal vez esa sea la condena de ciertas almas: no dejar de arder nunca, incluso cuando sólo quedan cenizas.

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